¿Te acuerdas de cuando compraste tu último smartphone? ¿O tu último PC?

Después de abrir la caja seguramente empezaste a configurarlo, y como parte de este proceso, seguramente cambiaste o elegiste tu idioma.

En todo el mundo estamos acostumbrados a usar aparatos electrónicos que hablan nuestro propio idioma: chino simplificado, japonés, ruso, italiano, checo… y lo podemos cambiar con tan solo pulsar un botón.

Pero, ¿cómo se hacen estas traducciones?

La traducción de la interfaz de usuario de aparatos electrónicos no es una tarea fácil si se quiere hacer bien. No es simplemente una cuestión de traducir, sino de tener en cuenta el espacio disponible para abreviar el texto o buscar sinónimos más cortos, el contexto (¿en qué menú aparece esa cadena? ¿es un título o un botón? y el verdadero significado de la cadena. Los desarrolladores tienden a utilizar un lenguaje bastante particular a la hora de definir las cadenas de texto para un teléfono o una impresora.

Todo esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de traducir la interfaz de usuario de un dispositivo, ya que eso marcará la experiencia del usuario, y eso es la localización. La localización es mucho más que una traducción: tiene en cuenta diversas variables (contexto, longitud, cultura…) para usar las palabras correctas.

Todos estos parámetros deben tenerse en cuenta a la hora de traducir la interfaz de usuario de los menús de un software, e incluso de una página web. Cuanta más información y contexto tenga el/la traductor/a, mejor será la localización y mejor reflejará el verdadero objetivo del mensaje original.

El equipo de LocalizationLab